Nos resulta difícil imaginar un tiempo en el que el entretenimiento se encontraba fuera de las puertas del hogar. La cultura convivía con la ciudad, igualando al mismo nivel toda clase de espectáculos: desde la alta cultura hasta los eventos más multitudinarios y «palomiteros”.
Sin embargo, la función de este tipo de actividades se está desplazando hacia algo más accesorio. Para entender verdaderamente a una sociedad basta con observar qué hace con su tiempo libre.
Algunos románticos rememoran a menudo esa vida que rebosaba en el centro de cualquier ciudad europea en el siglo XX. La razón de ser del ocio era la distinción clara con el resto de aspectos de la vida cotidiana, caracterizada ya por el trabajo exhaustivo.

Por la contra, mientras más se apagaba el individuo en sus espacios personales, más encendido y ameno era su deseo de encontrar su alma en la cultura. Y esa alma se encontraba colectivamente, entre las plazas y las calles. Era una búsqueda de lo que no se encontraba en ninguna otra parte, y esa era su razón de ser.
Pasamos de un consumo entusiasmado y activo de la cultura a la pasividad de un scroll down y otros anglicismos que describen a un individuo alienado. El consumidor moderno es apagado y desmotivado, nos recuerda a un Charles Chaplin avergonzado de distraerse en su eterna cadena de montaje. La excitación de salir a ver el ambiente cultural del momento está en peligro de extinción, sustituída por una falsa apariencia de Tendencias desde el mismo salón que el mes pasado.
No existe una corriente dominante, no existe una manera de distinguir a esta sociedad absorbida por el consumo.
La inclusión forzada del ocio en la rutina ha desprovisto de sentido a la búsqueda activa de personalidad cultural. En todo este panorama de consumo hipersegmentado, las alternativas en la ciudad pasan a responder a un público ya decidido. El reclamo de estas actividades suele ser la promesa de ampliar los contenidos sobre algún producto vorazmente consumido desde casa.
A estas actividades se acude ya sabiendo que te gustan. El modo de consumo es perfeccionista, debido al esfuerzo que supone salir de la comodidad de sus casas. Es decir, el ocio en ciudad es ese evento al que uno va porque no se lo quiere perder. Es el resultado de un perfil cultural construído previamente en Internet. El ocio en la ciudad es ahora la variedad que aportamos a nuestras vidas algún fin de semana que otro.
No menos importante es la variable económica, pues estas actividades son vistas ahora como un gasto evitable. La proliferación de entretenimiento de bajo costo en la red ha conferido a las exposiciones y otros eventos de un aire de exclusividad.

Su visita ya no es espontánea, sino que es altamente valorada antes del desembolso. De esta manera, se nos queda un consumo prácticamente clasista. Los ciudadanos más modestos no suelen revisar siquiera el calendario cultural de la ciudad, abrigados en las invariables suscripciones de streaming.
También es irónico cómo el atractivo que plantean muchos de estos eventos modernos es la tecnología que despliegan, cuando la tecnología es lo que ha desplazado el entretenimiento. Abundan las exposiciones inmersivas, con pantallas enormes que rodean al espectador, o bien realidad virtual. Todo esto es una promesa de ampliar al espectador lo que ya conoce, darle un toque de interés a su rutina virtual.
Ante esta masacre de presencia y autenticidad, los conciertos aguardan su momento. Las masas todavía se decantan por las aglomeraciones vivas e interactivas, pero quién sabe cuándo se sustituirán por un salón con buenos altavoces (y quizá un distópico holograma).
